Un entramado de callejuelas estrechas, flanqueadas por casas pobres, donde se tiende la ropa en los balcones de las
fachadas principales. Todo un enjambre de olores y cruces, casi un laberinto en el que hay que perderse para
impregnarse de la esencia de estas rúas adoquinadas. Sus angostas cuestas se sortean
con escalinatas y barandillas metálicas.